Lo extrañamente bonito de no caminar

La llovizna era pertinaz, paraguas en mano y mochila al hombro, una noche de tantas, caminaba por las calles que se iluminaban con sus luces de neón, el destino eran mis clases nocturnas. No sé qué era más agradable, caminar solitario hurgando vitrinas de almacenes ya cerrados o salir de clases abrazado con mi chica bajo el dichoso paraguas.

En una reunión por mi cumpleaños, me preguntaron qué fue lo más bonito de caminar, de cuando podía mover mis dedos y piernas. Definitivamente lo primero que a uno se le viene a la mente es la independencia, poder caminar y servirte algo de tomar o de comer, son actos cotidianos e intrascendentes si no se tiene discapacidad, pero se tornan en grandes maravillas para quienes debemos acostumbrarnos a pedir ayuda.

Yo me puse a pensar más allá de la movilidad práctica, de esos momentos que no volverán. Cruzar una piscina bajo el agua, jugar básquet como pretexto para abrazar por detrás a la más guapa, caminar por la playa mientras amanece junto a tu amor, meter un gol siendo defensa, o lo más lindo que recuerdo: bailar hasta caer desfallecido.

Con ya cierto kilometraje en mi silla de ruedas, no idealizo volverlo a hacer, ya lo veo como una etapa maravillosa que Dios me concedió, pero que se cerró, como sucede con nuestras diferentes etapas, si no se cierran, no se podrá vivir a plenitud otra etapa.

Esta etapa en mi trono me ha ayudado a descubrir sensaciones diferentes. Cierta vez fui a un lugar de mi país llamado Cayalá, es cómo un complejo comercial y habitacional para gente de muy buen poder adquisitivo, tiene la particularidad de una arquitectura colonial muy similar en todos sus edificios.

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Vestido de gala y bien perfumado, tenía una cita con una linda chica, y cómo quería ser independiente, llegué en mi silla eléctrica. Un amigo llegaría a recogerme luego de mi cita a una hora determinada. Ya con ella, llegamos a un restaurante en un tercer nivel, y habiendo pedido un café, se me ocurrió salir a comprarle un regalito. Salí y preguntando llegué a un mercadito peatonal, y muy contento regresé con mi obsequió. De pronto me enfrenté con no saber en qué calle estaba el restaurante, todo parecía igual.

Entonces empezó a llover. El teléfono lo había dejado en la mesa y a quienes les preguntaba, me miraban cómo si les estuviera pidiendo dinero. Después de varias vueltas por esas calles adoquinadas, me llegué a marear de ver todo igual. Fácil me perdí como 45 minutos, hasta que se apiadó de mi un chico encorbatado, de la seguridad del lugar, quien me llevó a los probables restaurantes de tercer nivel, y de pronto de una ventana salió la susodicha: -¿Qué te pasó?-

Ahí estaba yo, desalineado, confundido, empapado bajo la llovizna y con un papel de regalo casi desecho. Subí rápido, llegarían a traerme en cualquier momento. Al entrar al restaurante ya era demasiado tarde, ahí estaba ya mi querido aguafiestas, digo, amigo. Le pedí unos segundos, y le entregué mi húmedo presente a mi chica, a saber qué cara tenía que ella solo se sonrió con un vejo de ternura y me beso por primera vez.

Aquel día en el automóvil, de regreso a casa, pensaba que todo se hubiese resuelto si caminara, pero entonces, ella no se hubiera enterado cuanto le quería.

De Byron Pernilla

Dedicado a quién recibió el obsequio.

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