Por lo que vale la pena vivir

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¿Quién no ha sentido tristeza? Un sentimiento humano producto del pensamiento. Hay quien piensa que suicidarse es de cobardes, jamás compartiré esa opinión, la persona debe tener mucha valentía para dejarlo todo, infringiéndose dolor corporal, cualquiera que este sea; lo cierto es que algo no funciona en su vida, según su cordura. Para que la depresión lleve al individuo a pensar en el suicidio, se dan diversos factores estudiados por la psicología.

Me puse a pensar que a diferencia de algunos, cuando adquirí la discapacidad, sufrí claro, pero nunca pensé en retirarme de este mundo. Entonces recordé el momento cuando la idea del suicidio me rondó, como la enfrenté y como muchos granitos de arena contribuyeron para creer que la vida vale la pena, uno de estos granitos les quiero compartir.

Calidad Humana

Días después de haber dejado el cuerpo de mí hijo en el cementerio (con quien viví intensos 14 años), me reuní con mi expareja y madre de mi chico, fuimos a comer a un Centro Comercial de la ciudad. Nos sentamos en una mesa, ella sacó su cartera y empezó a buscar su dinero, igual le dije que buscara lo mismo en mi maletín.

Mientras lo hacía, empecé a recordar cuantas veces habíamos comido ahí con mi chico, no contuve mi llanto que entonces era muy doloroso. Mi acompañante es de un carácter súper fuerte, pero igual se quebró. Llevábamos ya 3 años separados y salíamos para darnos consuelo mutuo en aquel ingrato luto.

De pronto una trabajadora de uno de los restaurantes, específicamente de uno de comida cubana, se acercó y dijo:  -Hoy tenemos degustación gratis, díganme que desean.- dándonos la carta. Por un buen rato no comprendí nada, hizo falta que me respondiera varias veces mis preguntas, trataba de aclararle que deseábamos almorzar y no una “degustación” que a mí me sonaba como a lo que te ofrecen las edecanes en el supermercado.

La chica del restaurante nos dijo que la degustación era un almuerzo total, con gaseosa o la bebida que prefiriéramos. Anteriormente ya había comido ahí, y de lo que ofrecen me gusta el guiso de lengua, fue lo que pedí y mi compañera otra especialidad. Cada uno de esos platos pasaba fácil el precio de 3 menús de comida rápida, yo no me explicaba como promocionaban de esa forma.

Lo anterior hizo olvidar por un rato mi pena, hurgando por lo que sucedía. Llegué a dos teorías, una que en el lugar hubo alguien que me invitó a comer, que me conoce y por lo cual no quiso decirme nada sabiendo como soy. La otra, y más probable, es que en el momento en que me vieron llorar, y a mi acompañante registrar las carteras, concluyeron que no llevábamos dinero, y saber qué cara llevaba el tipo en silla de ruedas…

Fue increíble lo que aquel día sentí, no por la cuestión material, sino, el fondo de la intención. Durante toda mi vida he buscado ayuda para personas con discapacidad que no tuvieron la suerte de nacer en familias estables económicamente, y siempre he buscado que esa ayuda no se dé lastimado su dignidad, cosa extremadamente difícil en un mudo apabullado por lo superficial.

Aquella día cansé mis ojos al buscar entre los comensales algún conocido, alguien a quien poder por lo menos decir gracias por la comida; igual observé insistentemente a los del restaurante, pero estos trabajaban como si nada. Fue como si hubiesen preparado un escenario en el cual yo era el único que no entendía, pero uno donde todos entendían mi tristeza.

Aquella vivencia fue uno de los factores que me hicieron enterrar los malos pensamientos; si fueron los del restaurante Dios me mostraba gente desconocida que conocía la empatía y comprendía el significado de la dignidad. Alguien que te da algo cuidando tu dignidad es un ser extraordinario.

Lo cierto es que las personas que me invitaron a comer me hicieron sentir que la vida vale la pena, que había personas que pensaban como yo, eso en aquel momento en que me rondaba el suicidio. Fue un claro mensaje para lo que hacía y hago.

Hay momentos imborrables, esos que no te da ningún escenario, titulo o reconocimiento. Esos que te hacen sonreir cuando los recuerdas.

Acostumbrados a un mundo desechable y ahora de cristal, es extraordinario aquel que se detiene a ver a quienes sufren para ayudarlos sin esperar nada, ni siquiera las gracias. Ayudar no necesariamente es dar dinero, hay gestos tan valioso que ni la Mastercard compra.

Todos podemos hacer algo, y no te importe que te critiquen, que a ratos nades solo, que sientas que nadie te entiende; debes convencerte a ti, que a pesar de todo en este mundo hay personas muy lindas, que tu estas acá por un propósito, y en el momento que tiendas una mano, talvez y ni te enteres que ayudaste a salvar una vida.

“Sin un corazón lleno de amor y sin unas manos generosas, es imposible curar a un hombre enfermo de su soledad.” Madre Teresa de Calcuta.

Un artículo de Byron Pernilla

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