Byron Pernilla

opinión

Ideas para autoestima

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Llegan a un restaurante tres personas en silla de ruedas, cuando intentan entrar el policía les dice que no pueden entrar ya que está lloviendo y las llantas de la silla ensuciaran el piso del lugar.Leer más »Ideas para autoestima

¿Después de la muerte, no hay nada que no tenga solución?

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Era un domingo 29 de noviembre de 2009, a 4 meses de la partida de mi hijo, yo intentaba salir de la depresión que como mi sombra me perseguía día y noche. Salí a desayunar fuera de casa, previo a ir a mi congregación. Aquella mañana había decidido intentarlo de nuevo, disfruté la mañana, mi silla eléctrica me daba la oportunidad de sentirme autónomo, algo que siempre agradeceré a Aarón… Leer más »¿Después de la muerte, no hay nada que no tenga solución?

El miedo al desamor

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“El desamor es ciertamente otra cosa, se suele confundir con soledad pero es el luto de una perdida, y para eso no hay más cura mágica que el tiempo y el perdón verdadero”. Este pensamiento escrito recientemente, dio pie a que un amable seguidor sudamericano me escribiera contándome que sus padres siempre le habían dicho que enamorarse no era para personas con discapacidad (en este caso física), que ese sentimiento traía sufrimiento y que seguro, para una persona con limitaciones, las consecuencias serían peores.Leer más »El miedo al desamor

¿Perdedores?

Perder es parte de la vida, ya sea un billete, una moneda, un trabajo, una amistad o un amor, por ejemplo. La cultura de “sin límites” es, si nos ponemos a pensar, fantasiosa. Quizá la frase ayude a un determinado conjunto de personas, enfocado en determinada idea o circunstancia, pero su aplicación en lo general no es aconsejable.Leer más »¿Perdedores?

Mi amigo Gay

Era una época de transición, recién había caído el Muro de Berlín, el desastre tocaba a las puertas de los países comunistas, y el mundo se relajaba, tanto así, que el despelote trajo una epidemia que sacó los más bajos prejuicios de la sociedad occidental.

Yo por aquellos días ya había aceptado mi tetraplejía, y ayudaba en la casa hogar que me acogía. Me tocó compartír habitación con “Celeste”, un joven con SIDA (casualmente había una paciente mujer con el mismo nombre), era un momento en el que el virus era garantía de muerte y hacia estragos a mediados de los noventas. El hospicio donde vivía era para personas desahuciadas y sin familia, pero la epidemia empezaba a cambiar al tipo de pacientes. Yo era el único chico sin problemas mentales, por lo que al llegar Celeste, la directora pensó que sería el mejor anfitrión.Leer más »Mi amigo Gay